Cuento
del Subcomandante Marcos para los niños y niñas de Guadalupe Tepeyac, Chiapas, México
en el Exilio.
PARTE 6 |
 |
VI.
El Olivio, o el
autodenominado "sargento Capirucho", me ha confesado que, cuando él sea
grande, va a ser "Sup". "¿Y vos Sup qué vas a ser?", me
preguntó sabiendo que el cumplimiento de su aspiración me dejará sin empleo. "¿Yo?",
dije para darme tiempo, "yo voy a ser un caballo, un niño caballo, y me voy a ir
hasta allá, bien lejos..." y señalé un punto indefinido en el horizonte. "Vos
puedes ser sargento", me consoló el Olivio mientras descubría una tortolita que
revoloteaba ignorando las aspiraciones jerárquicas del hoy Capirucho y la temible
tiradora que colgaba de su cuello.
"Cabo
Capirote", responde el Marcelo cuando le preguntan cómo se llama. Sin pena
alguna, y tal vez haciendo uso del fuero militar de su "grado", se mete donde
quiere y empieza a buscar dulces, chocolates, a contar historias increíbles, o se pone a
espiar a las mujeres cuando se bañan.
El Olivio y el
Marcelo, Capirucho y Capirote. Estos dos niños juegan a desconcertarse
mutuamente cuando se ponen a decir poesías. 4 poemas forman su repertorio, y siempre se
las ingenian para mezclar unas con otras. ¿El resultado? No importa, si al final obtienen
una paleta de dulce o un chocolate, si pueden dibujar "caniquitas" o salir a
cazar, siempre infructuosamente, pájaros zanates. Piensan Capirucho y Capirote
que no hay mejor remedio para el desamor que un buen zanate para comer juntos.
Estos dos enanos,
perdón, niños, tienen la batería sobrecargada. Tienen unos 7 años y cada día amplían
su radio de acción. Por entre espinas y acahuales persiguen al "erello" (una
especie de salamandra de hasta un metro de largo), pero no se le acercan mucho. A Luzbel
lo han traído de un lado a otro, tiene las alas llenas de espinas y raspones, le llenaron
las bolsas de guijarros (para la tiradora) y lo "tarantan" con su bla-bla
constante. Las noches no le alcanzan a Luzbel para recuperarse, y temprano tiene que ir
detrás de ellos a pescar caracol, cangrejo y "camarona", ir al cafetal, ser
picados por hormigas, abejas o por cualquier animal "salvaje" de la comunidad,
patear una pelota desinflada, comer todo lo que encuentran a su mano y altura, y
escucharlos contar hazañas que nunca ocurrieron. Pero lo que más le deprime a Luzbel es
que lo ponen de tiro al blanco para practicar con la tiradora.
Luzbel está ya
viejo, su edad se remonta al inicio del tiempo. Digo esto no para que le tengan lástima,
sino para que lo comprendan. Yo conozco al Capirucho y al Capirote, y estoy
seguro que la labor de cuidarlos dejaría agotado al mismo Dios (que, dicho sea de paso,
tampoco es joven).
Por eso no me
sorprendió Luzbel cuando me dijo que renunciaba definitivamente a cuidar niños y niñas
zapatistas.
- Mejor me voy a
Kosovo o a Ruanda o a cualquier otro lugar donde la ONU cumpla su misión de promover
guerras- dice Luzbel mientras se incorpora, - De seguro que ahí hay más
tranquilidad -
Y, ya por
alejarse, agregó:
- O a la
diócesis de Ecatepec o a la cúpula empresarial mexicana, que viene a ser lo mismo. Ahí
hay corrupción, mentiras, ultrajes, robos y todas esas maldades más propias de los
diablos ortodoxos como yo -.
Entiendo la
desesperación y el desconsuelo de Luzbel. Estoy seguro que hubiera preferido no tratar de
organizar ningún sindicato angelical si hubiera sabido que, a la vuelta del tiempo, iba a
tener que andar tras de estos niños.
A la luz de un
cocuyo, agregué una posdata a la carta para Eduardo Galeano:
"P.D.
QUE APORTA MÁS DATOS.-- Don Eduardo: En las montañas indígenas de México, Dios no
vive. Y el diablo, ni aunque le paguen..."
Ya casi
amanecía, así que me despedí de Luzbel y regresé con la Mar. |
Introducción
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5
Parte 6
Parte 7
Cortesía de www.ezlnaldf.org |