Cuento
del Subcomandante Marcos para los niños y niñas de Guadalupe Tepeyac, Chiapas, México
en el Exilio.
PARTE 5 |
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V.
Después del
Pedrito, Luzbel decidió cambiar a un género más apacible y se dedicó a cuidar a una
niña zapatista: la Toñita.
A Luzbel no le
preocupó la tendencia de la Toñita a despreciar el amor que "mucho pica" (para
mi escándalo, calificó su tendencia como "saludable"). Ni eso, ni el haber
sido habilitado como muñeca por una Toñita emperrada en cortarle las alas.
- No hubieras
sido el único al que se las hubiera cortado - dije con rencor.
El "diablo de
la guarda" aguantó todo eso, pero no pudo soportar ese continuo romper y pegar la
tacita de té que es la vida de las niñas zapatistas...
Así que el
"diablo de la guarda" de la Toñita, renunció y pasó a cuidar a la Eva. Poco
duró. A la décimoquinceava vez de ver "Escuela de Vagabundos", con Pedro
Infante y Miroslava, se quedó dormido y la Eva aprovechó para bordarle unas florecitas y
un "Viva el ezln" en las alas. La vergüenza hizo que Luzbel emigrara.
Después de la Eva,
siguió la Chelita. Una niña morena de 6 ó 7 años y unos ojos negros como estrellas. A
Luzbel le pasó lo que a todos, cuando la Chelita lo vio lo dejó helado (temperatura poco
adecuada para un diablo), lo hizo volar por los cielos (rumbo nada recomendable puesto que
expulsión y etcétera) y le arrancó un "¡Ave María Purísima!" que fue, eso
sí, demasiado. Como si le arrancaran el alma, perdón, como si le arrancaran las alas,
sintió Luzbel cuando lo quitaron de cuidar a la Chelita y lo mandaron con la Chagüa.
La Chagüa, como su
nombre lo indica, no se llama "Chagüa" sino Rosaura, pero nadie la llama como
se llama. Debe tener unos 8 años. En una pequeña banda de niños belicosos, quien
liderea no es un niño sino una niña, la Chagüa. Ella es la primera y más veloz en
subir árboles para coger cigarras, ella es la más feroz y certera en los combates con
piedras y lodo, ella es la primera en lanzarse a la pelea y, hasta ahora, nadie la ha
escuchado pedir cuartel. Sin embargo, cuando se acerca a nosotros, algo raro sucede: la
Chagüa es una niña tierna y dulce que abraza a la Mar y le pide que le cuente un cuento
o la peine o nada más la abraza y se queda callada, suspirando de cuando en cuando.
Luzbel no renunció
por el desconcierto que la "tierna furia" de Chagüa le provocaba, sino porque
en un zafarrancho le tocó una pedrada, y el chichón que procreó le dejó un tercer
cuerno que en nada le favorecía. Así que Luzbel se fue a cuidar a otra niña, la Mariya.
La Mariya debe
tener unos 7 años y en su pueblo es la que tiene mejor puntería con la tiradora. Esto lo
descubrimos, nosotros y el pueblo, en uno de nuestros pasos por esas tierras.
Después de caminar
varias horas, la Mar y yo nos derrumbamos en el dintel de una champa. No recuperábamos
aún el resuello, cuando se dejaron venir el Húber, el Saúl, el Pichito, y un número
indeterminado de niños de nombres igualmente indeterminados. Todos traían su tiradora y
pedían una competencia para ver quien tenía mejor puntería. La Mariya estaba ya sentada
a un lado de la Mar y no decía nada. Sin levantarme, organicé los turnos e indiqué
poner una lata a 10 pasos de distancia. Pasaron todos y cada uno de ellos y la lata
seguía en su sitio.
Cuando pregunté si
ya habían pasado todos, la Mar dijo "Falta la Mariya".
Ante el escándalo
de todos, la Mariya se incorporó y prestó una tiradora.
Un murmullo de
desaprobación cimbró al grupo de varones (entre los que yo no estaba, no porque me las
diera de feminista, sino porque no tenía fuerzas para levantarme y secundar a mi
género).
La Mariya dedicó
una rápida mirada de desprecio a los niños y eso bastó para que quedaran callados.
Reinaba un silencio que poco tenía de burla y mucho de expectativa...
La Mariya tensó la
tiradora, cerró un ojo, tal y como mandan los manuales de tiradora, disparó y la lata
saltó con un estrépito metálico.
La Mariya y la Mar
prorrumpieron en un grito de júbilo: "¡Ganamos las mujeres!".
Los niños nos
quedamos estupefactos, contritos y bocabajeados. "No se preocupen", les
dije para consolarlos, "la próxima vez hacemos la competencia sin que esté la
Mariya". Creo que no convencí a nadie.
Luzbel está
educado a la "antigüita", es decir: las tiradoras no son para las mujeres. Así
que tuvo una, digamos, "crisis de conciencia machista" que llegó a reventar
cuando la Mariya lo derrotó en el rudo y (ex) varonil deporte de tirarle a las latas con
la resortera. Así fue como Luzbel se fue para otro lado.
En otras
comunidades, Luzbel cuidó a Regina, una niña de unos 9 ó 10 años que se comporta como
si tuviera 30. Madura y responsable, Regina es hermana y madre de sus hermanitos,
guardaespaldas de los insurgentes, la mejor torteadora del barrio y un sol cuando se
sonríe. A pesar de su experiencia en quemaduras infernales, Luzbel renunció cuando no
pudo soportar el quemarse los dedos al voltear las tortillas en el comal.
- No eran las
quemaduras -, me aclara Luzbel, -sino que había que levantarse a las 4 de la
madrugada a hacer el fuego, moler maíz y tortear. Y eso sólo era empezar el día...-
Desvelado y con los
dedos quemados, Luzbel se fue a cuidar a la Yeniperr.
La Yeniperr es un
excelente ejemplo de cómo el pájaro vence a la máquina. Cuando los helicópteros
sobrevuelan su comunidad, la Yeniperr los corretea con preguntas. Ante proyectiles tan
fieros, los aparatos bélicos se retiran, y la Yeniperr sigue revoloteando entre
tortolitas y colibríes. Cuando vuela la Yeniperr seguido se extravía, y nada tendría
que temer, a no ser que cerca anden los temibles Capirucho y Capirote.
Con la Yeniperr
Luzbel apenas duró unos cuantos días. Según me cuenta, no fue el miedo a los
helicópteros y aviones gubernamentales lo que le hizo pedir el cambio de trabajo.
- Es que nunca
se me ha dado eso de volar. Por algo soy un ángel caído...-, dice Luzbel mientras se
soba las posaderas.
Jamás lo hubiera
hecho, porque he aquí que a Luzbel lo asignaron, debido a la falta de personal, para
cuidar a dos niños: el Olivio y el Marcelo, es decir, Capirucho y Capirote. |