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Cuento del Subcomandante Marcos para los niños y niñas de Guadalupe Tepeyac, Chiapas, México en el Exilio.

PARTE 2

La Realidad, Chiapas, México

II.

Luzbel quedó un rato en silencio... Además de las estrellas de arriba y las de abajo (los cocuyos pues), nadie más andaba la noche de afuera. Encendí de nuevo la pipa, más para aprovechar la luz del encendedor y mirar la figura del diablito, que por ganas de fumar. 9 círculos de humo salieron de la cazuela de la pipa. Al desvanecerse el último, él habló.

La historia que me contó Luzbel puede herir la susceptibilidad de las buenas y cristianas conciencias, cosa poco recomendable, sobre todo en estos tiempos en que el alto clero puja por volver atrás el reloj de la historia. Pero como no estoy compitiendo por indulgencias, y he conocido ya el infierno que el Poder impone a los pobres, yo no tengo por qué preocuparme. En todo caso, cumplo con advertir a los lectores y con recordarles que sólo transcribo lo que Luzbel me contó, a saber:

"El Dios de los ricos y de los libros estaba muy satisfecho con el Tratado de Libre Comercio, el paso al primer mundo, la globalización económica y todas esas pamplinas que más que producto divino parecieran del infierno - por más que nosotros, los diablos, no seríamos capaces de tales horrores.

Bueno, el caso es que el Dios había asignado, como le corresponde, un ángel de la guarda para cuidar a cada uno de los niños de la generación del Tratado de Libre Comercio. Los ángeles no son muchos, y el trabajo de ángel de la guarda de niños está muy mal pagado. Pero un tal Gabriel, líder charro y arcángel para más señas, forzó el escalafón para cumplir la cuota. Hubo protestas, pero pocas. Así que cada niño del TLC tenía su ángel de la guarda.

Pero resulta que a ustedes, los zapatistas, se les ocurre alzarse en armas aquel primero de enero de 1994 y alterar todo, hasta la memoria divina. Porque he aquí que el Dios no se acordaba de los niños indígenas. No es que no los tuviera en cuenta o pensara deshacerse de ellos, simplemente ignoraba que existieran.

El Dios de los libros y de los ricos es un patrón como todos, pero muy a la antigüita. Así que consideró que, mientras el neoliberalismo se encargaba de despachar a la otra vida a todos los niños zapatistas, él tendría que cumplir con sus funciones divinas y adjudicar, a cada zapatista niño, un ángel de la guarda.

Pero, como ya no había ángeles de la guarda disponibles, entonces rehabilitó diablitos. Para lograrlo, nos forzó a firmar un tratado comercial humillante y lesivo de la diabólica soberanía del infierno. El averno tenía problemas económicos y el tal San Pedro se había aprovechado de nuestros apuros para otorgarnos un crédito financiero que contenía, como es de imaginar, una cláusula diabólica.

Bueno, el caso es que el Dios podía disponer de la fuerza de trabajo infernal en condiciones leoninas, y sin que esto afectara las restricciones migratorias que los diablos tenemos si cruzamos la frontera celestial. Sin apenas darnos cuenta, de pronto éramos empleados de segunda, bajo las órdenes de aquel que nos había expulsado". Luzbel hizo una pausa que más pareció sollozo. Después siguió...

"Así que, desde la extraterritorialidad de su poder financiero, el Dios nos puso a trabajar como "ángeles de la guarda" de los que había olvidado en su euforia primermundista, los niños zapatistas. Y ahora, en lugar de estar incitando al pecado a las buenas conciencias, de pervertir almas inocentes, de apadrinar líderes empresariales, de "inspirar" al gobernador panista de Querétaro, de asesorar al obispo Onésimo Cepeda, o de diseñar la campaña postelectoral del Fox, ahora estamos cuidando, en condiciones laborales miserables, a niños del sótano.

¡Resulta que somos "diablos de la guarda"!

¡Deveras!, por una paga miserable, el Dios (que, no hay que olvidarlo, es Dios de todo lo creado, incluso del infierno) nos obliga a guardar niños zapatistas. ¡Y pensar que todavía hay quien se presume de la bondad divina!..."

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Cortesía de www.ezlnaldf.org

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