Cuento
del Subcomandante Marcos para los niños y niñas de Guadalupe Tepeyac, Chiapas, México
en el Exilio.
PARTE 1 |
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I.
Y, hablando de
oscuridades fértiles, debe de haber una explicación científica para dar cuenta de cómo
una oscura nube puede dar paso al destello poderoso de un relámpago. Hay muchas
explicaciones ideológicas, pero aún antes de que el hombre diera cuenta, en ceremonias,
libros y coloquios, de la maravilla de una tormenta nocturna, ya lo oscuro producía
claridad, ya la noche paría al día, y ya el fuego más fiero devenía en fresco aliento.
Así que es ésta
una madrugada particularmente oscura. Sin embargo, para sorprender a los más brillantes
meteorólogos (o simplemente para contradecirlos), al horizonte de oriente se le desgarran
sendos rayos, ramas secas de luz cayendo del luminoso árbol que la noche esconde detrás
suyo. Es así la noche un negro espejo, una sombra quebrándose de amarillo y naranja. Un
espejo. El marco lo forman los cuatro puntos cardinales de un horizonte de sube y baja,
arbolado y gris oscuro. Un espejo visto por el lado oscuro del espejo. El lado oscuro de
un espejo, advirtiendo lo que lleva detrás, prometiéndolo...
Todas las historias
están pobladas de sombras. En la zapatista, no son pocas las que han delineado nuestra
luz. Estamos llenos de pasos de callado andar que, sin embargo, hacen posible el grito.
Son muchos y muchas los que se quedan quietos para que el movimiento camine. Muchos
rostros difusos que permiten aclarar otros rostros. Alguien dijo que el zapatismo tenía
éxito porque sabía tejer redes. Bueno, pues detrás nuestro hay muchas tejedoras de
ágil mano, de ingenio grande, de prudente paso. Y, mientras sobre cada nudo de la rebelde
red de los olvidados del mundo se alza una luz incandescente y breve, todavía en las
sombras ellas tejen nuevos trazos y abrazos...
Y hablando de
tejedoras y de abrazos, yo me desprendo del tibio y fresco de la Mar en el lecho, y salgo
a caminar apenas unos pasos, en esta madrugada en que febrero reitera su desvarío y
anuncia la llegada de la liebre de marzo. Ahí nomás, donde el monte es territorio de la
noche de abajo, unos cocuyos se alborotan con la caliente humedad que anuncia la tormenta.
Una sombra pequeña
solloza cerca de la hamaca. Yo me acerco hasta distinguir a un pequeño hombrecito,
chaparro, bigotón y bastante entrado en años y carnes. Dos maltrechas alas de cartón
rojo corrugado, un par de pequeños cuernos y una cola terminada en punta de flecha hacen
que parezca un diablo.
Sí, un diablo. Un
diablo bastante maltratado. Un pobre diablo...
- ¡"Pobre
diablo" tu abuelo! - masculla la diminuta figura.
Yo no me arredro.
Aunque mi cabeza y mis piernas me dicen que corra lejos de ahí, yo soy el hombre de la
casa (bueno, de la champa, pero creo que me entienden) y no debo abandonar a la Mar, que
es la mujer de la casa. Así que tantas películas de Pedro Infante me imponen que
resguarde la casa y, puesto que "Martín Corona" y "Ahí viene Martín
Corona", debo refrenar mis ganas de salir huyendo. Bueno, al menos no sin avisarle
antes a la Mar que, como ya dije antes, es la mujer de la casa de la que yo soy el hombre
de la casa.
Así que no intento
ninguna "retirada estratégica" y, como siempre que el terror se apodera de mí,
enciendo la pipa y hablo. Hago algún comentario ocioso sobre el inestable clima y, viendo
que no hay respuesta, aventuro...
- Así que
escuchas lo que pienso... -
- Como si lo
gritaras - responde el hombrecito.
- ¡Y no me
llames hombrecito! - chilla el...
- Luzbel,
llámame Luzbel - se apresura a interrumpir mi pensamiento.
- ¿"Luzbel"?
Me suena, me suena. ¿No es el ángel que se rebeló por soberbia en contra del Dios
cristiano y de castigo lo mandaron al infierno? - digo de un jalón.
- Ése
merengues. Pero no así fue. La historia, infeliz mortal, la escriben los vencedores, Dios
en este caso. En realidad lo que ocurrió fue un problema de salarios y condiciones
laborales. Un sindicato, por más angelical que fuese, no estaba en los planes divinos,
así que el Dios optó por aplicar la cláusula de exclusión. Los escribas mercenarios se
encargaron de envilecer nuestra justa lucha y así nos fue... - dice Luzbel
acomodándose para sentarse al pie de un Huapac´.
Yo hasta entonces
me doy cuenta de lo pequeño que es, pero nada digo. Supongo que mi silencio lo invitará
a seguir hablando, y, en efecto, así ocurre porque Luzbel empieza a contar una historia
de, como a un diablo corresponde, horror y crueldad mayúsculos. Su relato parece
tragedia, comedia, o parte de guerra... |
Introducción
Parte 1
Parte 2
Parte 3
Parte 4
Parte 5
Parte 6
Parte 7
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